Desarrolla tu legítima rareza

Un niño lleva las notas del colegio a casa. Tiene una alta calificación en dibujo y una pésima calificación en matemáticas. Lo más normal es que sus padres le apunten inmediatamente a clases particulares de matemáticas en vez de apuntarle a dibujo para desarrollar su talento. Es mejor corregir sus puntos débiles que potenciar sus virtudes. ¿Me confundo?

Estaba pensando escribir un post criticando este tipo de pensamiento, tan arraigado en nuestra cultura, cuando por casualidad he visto que en Málaga se organizó un taller llamado “Desarrolla tu legítima rareza”. Y como el nombre me ha parecido genial, me lo he quedado para mi. Como título del post y como resumen de la idea principal que quiero trasmitir: los pocos recursos que destinamos en tiempo, dinero y energía a desarrollar nuestro talento.

A veces, desarrollar este talento supone ir por caminos no convencionales o sacrificar otras habilidades para las que tenemos una menor aptitud y actitud. Pero… ¿qué hay de malo en ser diferente? ¿qué pasa por no tener ni idea de algo? Querer abarcarlo todo es una opción totalmente respetable, pero el resultado más probable es acabar siendo mediocres en muchas cosas en vez de excelentes en unas pocas.

Es triste que dejemos de ser lo que nos gustaría ser o lo que podríamos ser, por querer perfeccionar aquello en lo que no somos buenos. Pasa cuando somos niños, y como en el ejemplo del primer párrafo, nos apuntan a clases particulares de aquello en lo que estamos más flojos. Pasa en el mundo profesional, como individuos y como empresa, cuando nos apuntamos a cursos para tapar nuestras carencias en vez de profundizar en lo que ya somos buenos. Pasa incluso a la hora de ligar en un bar, cuando nos preparamos para imitar lo que todo el mundo hace: forma de vestir, bailes, conversaciones….

Todos servimos para algo, pero no todos servimos para lo mismo. Desarrollemos nuestras legítimas rarezas.

*Aprovecho este post para dejar un enlace a la entrevista sobre emprendizaje que el domingo pasado me hizo el Conde de la Maza en Noticias de Gipuzkoa. 

¿Cómo es el colaborador perfecto?

Hay dos formas de posicionarse como agencia de comunicación. Puedes especializarte en un campo en concreto –diseño web por ejemplo- o dar servicios integrales. Las dos estrategias son igual de válidas y su éxito depende de las personas que lo ejecuten. Como en cualquier otro negocio.

En un contexto en el que los retos son cada vez más complejos, especialmente quienes apostamos por un modelo de agencia integral, en el sentido de que no nos casamos de antemano con un tipo de solución, tenemos imposible disponer dentro de la organización –bajo un sueldo fijo- de todo el talento necesario para dar solución a esos retos. En realidad no es que sea imposible. Pero supone crear una estructura que sólo las grandes multinacionales pueden mantener. Y es un modelo en crisis.

Así pues, uno de los factores clave de éxito de las agencias de comunicación es tejer una red de colaboradores, especialistas, que puedan aportar su talento y experiencia en campos tan diversos como la fotografía, el graffiti o el desarrollo de aplicaciones móviles. Por poner tres ejemplos.

Sin duda, trabajar en red es ahora más posible que nunca. Herramientas hay muchas y buenas, y para mi es un tema totalmente secundario. Lo importante son las personas o empresas que forman esa red. Por eso, en este post, me gustaría hacer una especie de retrato robotmi retrato robot- del colaborador perfecto.

  •  El compromiso es su mayor virtud. Más importante que la brillantez de su talento, que se le supone, es tener la certeza de que no ten van a fallar, de que no vas a quedar mal con un cliente por culpa de alguien que no se toma en serio su trabajo o que en un momento dado decide que no entras dentro de sus prioridades y te deja colgado. Los emprendedores ya tenemos suficientes quebraderos de cabeza.
  • Es flexible. Todos preferimos grandes proyectos con grandes presupuestos. Pero un buen colaborador es alguien que entiende que a veces hay que entrar en proyectos más pequeños para abrir mercado o que a veces hay que hacer proyectos express metiendo horas una vez puesto el sol. El colaborador perfecto es alguien que siempre está dispuesto a subir a bordo, independientemente del tipo de embarcación y de cómo esté el mar.
  • Se atreve a llevar la contraria. Si estoy confundido, debate, propone… Porque  eso mejorará el resultado final. Se supone que el especialista es él, tiene que saber cosas que yo no sé. Si únicamente se limita a ejecutar lo que tienes pensado, entonces no es el colaborador perfecto.
  • Comparte valores y es divertido. De poco me sirve que sea muy buen profesional en lo suyo, si no me siento cómodo trabajando con él o ella. Con el colaborador perfecto, te apetece echar una caña después de acabar un proyecto.

Me dejo muchas cosas sin comentar. ¿Se te ocurre algo que añadir?  Por supuesto, si crees que cumples estos requisitos, en Breaking Molds estaremos encantados de tomarnos un café contigo.

Dar vida a las marcas

Hace unos días escuché en Adegi a Christopher Smith, experto en branding, decir que tenemos que pensar en las marcas como seres vivos. Estoy completamente de acuerdo. Y aunque pueda parecer una obviedad, mi sensación es que muy pocas empresas lo tienen en cuenta.

Reconocer vida a las marcas es un cambio de enfoque, que más allá de lo semántico, tiene importancia en la estrategia de cualquier organización. Implica dejar de pensar a corto para pensar en el largo plazo.  Si nos ponemos a analizar de qué están compuestas las marcas, veremos que hay dos partes muy bien diferenciadas.  Por un lado, está lo que podríamos llamar la materia orgánica: cada uno de los productos incluidos en la oferta, las personas que forman parte de la organización, los soportes utilizados para las campañas de comunicación… La materia orgánica puede –debe- cambiar a lo largo del tiempo, por meros motivos de regeneración. Por otro lado, está el alma de cada marca: qué mueve a la empresa a hacer lo que hace (sus valores), y sobre todo, en qué le gustaría convertirse. El alma debe permanecer intacta a lo largo del tiempo y, sin duda, puede determinar el éxito o fracaso de una empresa. Cada marca, como cada persona, debería tener un proyecto de vida.

Reconocer vida a las marcas, además de obligarnos a pensar en el largo plazo, en un proyecto de vida, nos ayuda a relacionarnos mejor con los consumidores. A que la ejecución de la estrategia sea más efectiva. Como consumidores, lo que buscamos en una marca no es tan diferente de lo que buscamos en una persona: que nos divierta, nos inspire, nos sorprenda, nos trate con respeto… A nadie le gusta la gente mediocre, aburrida o soez. En la práctica, esto significa que las marcas, impulsadas por su alma, y a través de su materia orgánica, tienen que seducir a los consumidores tratándoles como personas. Algo muy obvio una vez más, pero que no es norma general. Tengo la impresión de que si hablásemos con la gente de la misma manera que algunas marcas se relacionan con sus clientes actuales y potenciales, todos los días nos lloverían decenas de tortas en la cara.

En definitiva, creo que pensar en las marcas como seres vivos es un punto de partida necesario, aunque no suficiente, para construir un futuro más próspero para cualquier empresa. En este contexto, el máximo peligro es que un hecho coyuntural nos haga desviarnos en exceso del horizonte. Los errores más frecuentes a la hora de construir una marca suelen tener la improvisación como principal protagonista. Una marca, como la reputación de una persona, se tarda años en construir y un solo error puede hacer tirar por la borda muchos años de trabajo. Por supuesto, esta reflexión vale tanto para las grandes marcas como para todas las PYMES de nuestro entorno. A todo ser vivo le debería preocupar la muerte.

Actos aleatorios de generosidad

Nadie tiene garantizado el amor eterno. Ni las personas. Ni las marcas. ¿Verdad que si no sorprendes a tu pareja con momentos especiales cada cierto tiempo seguramente tu relación esté abocada a la monotonía y a la ruptura? Las relaciones hay que cuidarlas. Divirtiendo. Emocionando. Haciendo sentir especial a la otra persona. Con las marcas pasa exactamente lo mismo. Si no se cuida la relación con los consumidores,  estos buscarán otro “amor” a la vuelta de la esquina. Los consumidores somos terriblemente infieles.

Una manera eficaz, y muy interesante, de que las marcas tengan enamorados a “sus” clientes es a través de “Actos Aleatorios de Generosidad / Randomly Acts of Kindness”. El término me lo he sacado de este artículo de Trendwatching, que pone nombre a algo que llevamos proponiendo en Breaking Molds desde hace tiempo. En resumen, se trata de pequeños gestos espontáneos y aleatorios que las marcas tienen con sus consumidores.

Un gesto como el que tuvo Interflora con varios fans de su página en facebook, a los que mandaron flores después de descubrir por sus actualizaciones que tenían un mal día. Un regalo como el que la compañía Spanair ofreció a los pasajeros del último vuelo de Nochebuena. O el detalle que  tuvo Atrapalo con un creativo brasileño que había pasado tres años viviendo en Barcelona, y que para agradecer a la ciudad su gran experiencia en la ciudad, adjuntó tickets de teatro a globos que soltó sobre la ciudad.

Para las marcas, estos “Actos Aleatorios de Generosidad” son una oportunidad excelente para decir al mundo cómo son, para humanizarlas, para dotarlas de personalidad. No se trata, en absoluto, de regalar cosas ni de hacer super promociones, sino de crear momentos especiales. Los consumidores son personas. Pueden llegar a enamorarse.

Una moraleja para el buen karma

En un libro titulado Buen karma, Josep López cuenta una historia que ejemplifica los beneficios de actuar altruistamente. Sin más preámbulo paso a contar la historia:

Dos hermanos heredaron la granja de su padre y decidieron seguir trabajando en ella y repartirse al cincuenta por ciento la producción. Durante un tiempo, el grano resultante de la cosecha se guardaba en sacos y se repartía en dos montones iguales.

Con el tiempo, el mayor de los hermanos se casó y tuvo hijos, mientras que el pequeño permaneció soltero. A menudo, el soltero pensaba en su  hermano mayor y el hecho de que, teniendo mujer e hijos, necesitaba más que él, es decir, más de la mitad de los productos que generaba la granja. Llevado por este pensamiento, se dedicaba en secreto a visitar de vez en cuando el granero y trasladar unos cuantos sacos desde su montón al de su hermano. Éste, por su parte, también pensaba a menudo en su hermano pequeño y sentía que debía de estar muy solo, y que si ahorraba algo más de dinero tal vez le resultaría más fácil encontrar una mujer y crear su propia familia. De modo que, también en secreto, visitaba algunas noches el granero y movía unos cuantos sacos desde su montón al de su hermano.

Sin saber cómo, se dieron cuenta de que nunca les faltaba el grano, y ambos se sintieron generosos y afortunados.  Creo que la moraleja es muy clara: cuando damos, ya estamos recibiendo.

Refranes que acojonan

La capacidad de un país para crear, innovar, imaginar y soñar va en estrecha relación con los valores que conforman su cultura. Y la máxima expresión de cualquier cultura es su lengua, que aunque sea un tesoro a conservar, tiene también partes gravemente contaminadas por valores a extinguir.

En este post demostraré, utilizando una pequeña muestra del refranero español, cómo de incrustados tenemos algunos comportamientos y actitudes y que son un completo obstáculo para avanzar en la vida. Ya sea a nivel profesional como personal.

Veámoslo con varias pruebas:

Prueba número 1: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. ¿Quiere esto decir que tenemos que conformarnos con cualquier cosa? ¿Que no debemos tener ningún tipo de ambición? Esta idea de “mejor déjame como estoy”, define una cultura en la que ser atrevido parece un defecto en vez de una virtud. Aunque todavía de la vida no sé mucho, sí que he interiorizado la lección de no otorgar al miedo un papel protagonista en mis decisiones. Vivir con miedo es la mayor esclavitud.

Prueba número 2:  “En boca cerrada no entran moscas”. ¿Acaso es malo expresar lo que pensamos y sentimos? ¿Por qué se nos intenta inculcar que el silencio es una virtud? Sin duda el silencio está sobrevalorado. Se nos vende la idea de que el silencio es sinónimo de prudencia, de educación, incluso de sabiduría, cuando en la mayoría de los casos el silencio es comodidad, escasez de ideas y vagancia.

Prueba número 3: “La letra con sangre entra”. ¿Os podéis imaginar las decenas de gúgeles, feísbuques, ideos y microsofes que podrían crearse cada año en España si todos los colegios fuesen internados con un severo régimen de carácter militar? Tal como está planteada la enseñanza, lo que se consigue es penalizar los comportamientos más creativos hasta conseguir que todos los alumnos piensen y actúen de igual forma. Una pena. Al respecto, recomiendo esta entrevista a Ken Robinson, experto que preconiza un sistema educativo que enseñe a innovar.

Estos tres refranes son sólo una pequeña prueba que demuestra hasta qué punto están arraigados en nuestra cultura y en nuestro lenguaje valores que son absolutamente nocivos. La lista podría continuar con otros refranes como “más vale pájaro en mano que ciento volando”, “es mejor ser cola de león que cabeza de ratón”, “sobre gustos no hay nada escrito”… Respecto a este último, que puede ser polémico, decir que sobre gustos sí hay mucho escrito. Lo que pasa es que no se lee ; )

La ausencia de miedo como deseo para el 2011

Laura: ¿Te quedarás en casa esta noche? Creo que tengo gripe.
Fred: Me he comprometido a visitar a Joe (un compañero de trabajo).
Laura: (Si no me hace ese pequeño favor, ¿cómo podré contar con él cuando tenga un problema más serio?) Nunca quieres quedarte en casa; rara vez te pido que hagas algo.
Fred: (Si ella insiste en tenerme en casa por algo tan pequeño, ¿qué ocurrirá cuando suceda algo importante, como cuando tengamos hijos? No es razonable en absoluto. Si tengo que someterme a cualquier deseo de ella, no podré respirar.). Lo lamento, pero de verdad tengo que ir.
Laura: (No puedo confiar en él. Debería liberarme de esta relación mientras puedo y encontrar a alguien en quien confiar.) Anda, si quieres ir. Encontraré a alguien que se quede conmigo.

Somos comentaristas de nosotros mismos. Es inevitable. Aunque lo que sí está en nuestras manos es utilizar esos comentarios para animarnos o para destruirnos. Esto último es lo que pasa en este ejemplo, más o menos cotidiano, rescatado del libro “La inteligencia fracasada”, del siempre brillante José Antonio Marina.

En dicho ejemplo, además de una flagrante falta de comunicación, o tal vez por ello, lo que me llama la atención es la propensión de los humanos para preocuparnos por aquello que sólo ha pasado en nuestra imaginación. Según Emilio Duró, en una excelente conferencia sobre optimismo que os recomiendo encarecidamente disfrutar, el 95% de nuestros miedos se deben a cosas que todavía no han ocurrido. Increíble, ¿verdad? Desolador más bien…

Esos pensamientos que nosotros mismos generamos nos pueden llegar a corromper hasta límites muy peligrosos, dando al traste con relaciones amorosas, contratos con clientes… Y lo que es peor, envenenar nuestra salud mental.

No me extiendo más. Si estáis de acuerdo conmigo en que somos mucho más felices y exitosos en la medida en la que somos capaces de calibrar nuestros miedos, me permitiréis felicitaros el Año Nuevo con un deseo en esa misma línea: que en este 2011 todos consigamos ser más optimistas. No es fácil, pero lo bueno es que está en nuestras manos. No le podremos echar la culpa a nadie si no lo conseguimos.